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Visiones, opiniones, reflexiones y comentarios nutren las colaboraciones. Aquí te dejamos para tu lectura y reflexión aportaciones de los amigos del MUI.

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Laurence Bertoux

Laurence Bertoux es originaria de Francia, naturalizada mexicana en el año 2002.
Doctora en “Ciudad, Territorio y Sustentabilidad”, tiene una maestría en restauración arquitectónica y es arquitecta por la escuela de Arquitectura Paris Villemin.
Profesionalmente se ha desarrollado en un primer tiempo como arquitecta independiente, tanto en Chile como en México, en proyectos de casas, restaurantes y discotecas, de restauración (patrimonio en adobe) así como en escenografías para el cine y la televisión. En un segundo tiempo se integró a la función pública con Secretaria Técnica de la comisión de planeación urbana
de Guadalajara.
Ingresa al Tec de Monterrey en el año 2013 como profesora de planta. En 2014 asume la Dirección del Departamento de Arquitectura, donde crea el Laboratorio de Innovación, Diseño y Ciudad, espacio de investigación aplicada (Perfil de resiliencia de la ZMG, desarrollo de app ciudadanas, etc…). Desde 2017 es Decana Asociada Académica de la Escuela Nacional de Arquitectura, Arte y Diseño, puesto a partir del cual, entre otras tareas, coordina los nuevos planes formativos y la transformación académica hacia el nuevo modelo educativo del TEC.
Es madre orgullosa de dos hijos, Emiliano de 20 y Antonia de 12 años, quienes están criados en un ambiente multicultural, con apertura al mundo y a la diversidad.

El miedo y el regreso del higienismo

Al menos en América Latina, la forma de la ciudad se configura —en parte— como una respuesta al miedo al otro: miedo al que despoja, al que violenta, al que acosa, al que mata… o al que se percibe como capaz de hacerlo. Y este miedo hace que millones busquen alivio con muros, rejas, cámaras, auto confinamientos, así como limitando desplazamientos en ciertos horarios en determinados lugares y modos de transporte. Sin darnos cuenta, poco a poco, década tras década, las ciudades, tanto en su forma como en su organización, se volvieron el reflejo del miedo —justificado o no— que nos tenemos los seres urbanos.

El miedo y la violencia no son lo único que ha definido la forma y la función de nuestras ciudades. En la introducción de su famoso texto, El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre planteó el cuestionamiento sobre la forma y funciones de la ciudad como resultado de las necesidades individuales motivadas por la sociedad del consumo. Vivimos en la ciudad en función de lo que producimos y cómo lo producimos —nuestro trabajo— y de lo que consumimos: educación, ocio, cultura, necesidades y lo superfluo. Lo que se teje entre estas actividades son nuestros desplazamientos para acceder a ambas funciones, a las cuales hay que agregar una tercera función: las relaciones sociales. La búsqueda individual de producción, consumo y relaciones socio familiares están intrínsecamente atadas al hecho de movernos de un lado al otro, definiendo así nuestras vidas en las grandes urbes.

Ahora, los habitantes de la ciudad tienen un nuevo enemigo. No tiene rostro —aunque muchos han intentado señalarlo—, ni ocupa un espacio particular. De hecho, parece ser omnipresente al grado que bien puede estar dentro de cada uno de nosotros sin siquiera saberlo, lo que nos hace el enemigo mismo a todos nosotros. Y nos piden parar: parar de movernos y, por tanto, dejar de ser parte de la ciudad tal y de cómo la entendemos. Pero no nos piden dejar de trabajar —aunque la mayoría se ve obligada a ello—, de consumir y de relacionarnos; al menos tal como lo veníamos haciendo; y nos piden hacerlo de forma virtual y así no convertirnos en enemigos de nosotros mismos. Con ello, el sistema urbano se trastoca y se tensa. Las fracturas comienzan a hacerse visibles en sus subsistemas básicos (salubridad, transporte, empleo, economía) y evidentes en los subsistemas de consumo (servicios, comercios, entretenimiento, cultura, deportes). El miedo al colapso del sistema pareciera que tiene más y mejores argumentos que los que tuvo antes.

En nuestra sociedad mediática donde lo visual y lo inmediato desplazan al análisis y a la razón, la crisis se vuelve un espectáculo y la ciudad su escenario. No importa si se trata de las imágenes de las plazas europeas o de las calles de Nueva York prácticamente vacías, o las de la estación del metro Pantitlán o del mercado de La Viga atiborrados de personas, en cualquiera de los casos, la ciudad —en su imagen— sigue siendo el escenario favorito del miedo. Y solo parece ser compensado por imágenes donde la fauna regresa a ocupar determinados espacios o en las que pareciera que la naturaleza recobra su perdido esplendor. Estas imágenes, de una fauna ya sea extrañamente paralizada o en típica efervescencia, junto a una sociedad que busca nuevas formas de relacionarse a prudente distancia, son el claro reflejo tanto de una sociedad que reafirma su miedo, como de una sociedad de consumo que no puede concebirse sin éste.

Existen al menos dos escenarios. El primero es el esperado regreso a la normalidad —lo que implicaría un nuevo milagro de la ciencia médica—; el segundo es la creación de un consenso social capaz de crear otra normalidad. Para el primero, la ciudad estará en espera de que la retomemos, pero para el segundo escenario se abren diversas posibilidades. La que pareciera más evidente es la de retomar la relación entre ciudad y salud planteada por el movimiento del higienismo urbano de finales del siglo XIX. Éste influyó enormemente en la configuración de Londres, el Paris de Haussman, el Phalanstère y Familistère francés, el plan Cerda en Barcelona —los que además de sus respectivas consideraciones económicas y financieras deberían eliminar el hacinamiento, permitir el asolamiento y la libre circulación de los vientos— u otros esfuerzos más de orden local como entubar ríos fétidos o desecar lagos completos y cientos de otros proyectos más utópicos que técnicos o científicos que reconfiguraron la ciudad y la forma en que nos relacionamos con esta.

Al tiempo en que la ciencia identificaba las causas de ciertas enfermedades y sus respectivos remedios, aquella relación entre ciudad y salud se fue sustituyendo por una menos temerosa y mucho más optimista entre ciudad y racionalismo —por ejemplo, aquello de “la máquina de habitar”—, cuyos principales resultados estuvo la creación de una nueva visión que retomaba a la naturaleza como parte de la ciudad. El ecologismo urbano sería la respuesta al miedo que provocaba la sobre explotación de los sistemas biológicos, generando así innumerables proyectos de barrios y ciudades ecológicos o sustentables —casi siempre como condición de espacio privilegiado de consumo— y con ello toda la parafernalia necesaria para que el habitante urbano se volviera más verde, más amigable y más seguro ante lo que se podría definir como el miedo ambiente.

Sin embargo, la actual pandemia —este nuevo miedo que limita el consumo y restringe el libre albedrío—, nos cuestiona sobre los límites disciplinares entre la tecnología, el urbanismo y la ciencia médica que, has ta ahora ha sido incapaz de proponernos otra alternativa que el confinamiento. Esto nos permite especular sobre las posibles consecuencias de la manera en que funcionan nuestras ciudades y todo lo que de ello depende.

Hoy, la ciudad es la misma. Con menos desplazamientos, menos actividad económica, menos ruido y contaminación… pero es la misma. Es la nueva cara de la ciudad que tiene miedo a infectarse, a consumir, salir, relacionarse o verse obligado a cambiar. Una ciudad en la que se instala y reconoce la distancia tanto social, cultural y económica como algo positivos, como si fuera algo nuevo.

Las consecuencias —sin hablar de las de salud mental— son tan grandes que cifrarlas se vuelve un ejercicio que caduca cada semana. Todos quisiéramos regresar a un estado de normalidad fundado en el pasado inmediato, pero la nueva realidad —posiblemente solo fundada en cifras de contagiados y fallecidos— necesariamente deberá construirse y cuyo primer objetivo nuevamente será el de una ciudad higiénica, al menos en el sentido que sus habitantes no están contaminados… o por lo menos es lo que quieren que creamos nuestras autoridades. Y eso sí da miedo.

 

Gustavo Gómez Peltier
Urbanista, ITESM.

Laurence Bertoux
Decana Asociada, ITESM.

*Texto publicado originalmente en la plataforma digital NEXOS el día 28 de abril del 2020 y extraido de la misma página.  

Artículo en NEXOS

Emanuele Bompan

Emanuele Bompan is journalist and communicator with an international experience. Reports on energy, climate change, environment, US Politics. He has published the book “Che cosa è l’economia circolare” (Ed. Ambiente), about the rise of circular economy.
Has been awarded with the Middlebury Environmental Journalism Fellowship and four times The Innovation in Development Reporting Grant. In 2015 he has been awarded with “Reporter per la Terra” 1st prize. In 2016 he got the DNI Google award with La Stampa. Has interviewed prime ministers, industry leaders, environmental gurus, intellectuals, all around the world.
Likewise, integrate efforts and talent from professors, researchers and professionals from Engineering, Architecture, Social Sciences and Humanities School of Tecnológico de Monterrey.

I hadn’t written on social media about the Covid19 crisis. I’m not an expert on pandemics nor do I feel like giving advice to people on themes I know little. I believe we always need to follow official information and trust the institutions. If there are criticism to be made, I leave them to epidemiologists, emergency management experts, at the most I can make some criticism of the information system, in which I work. We must all undoubtedly keep an ethical behavior of a very high profile, being careful of our every gesture, every lack of us, which can cost human lives. Like we should always do, but we don’t.

What I have been dealing with for a long time is the environmental issue and how to support a transition to a more sustainable and circular economy, where wealth is redistributed most, where cities can be livable places, where nature is not an extractive well of matter but the fundamental picture of functions and organisms that all contribute to maintaining planetary balances. It was written abundantly how COVID19 has been facilitated by the devastation of nature and atmospheric disturbing. And how the economic paradigm puts GDP in front of people’s lives. We experts know how the destruction of biodiversity, pollution and climate problem can generate even more complex situation in the medium term than the current pandemic (and with many more deaths).
What to do?

We have 3-4 months of severe restriction before the arrival of an effective vaccine (hoping for summer parenthesis), of great suffering, of difficult choices, of those that many of us have never had to face. We can’t hide it. It won’t end April 3th. When the virus is under control, we will have celebrated for a week, we will face an unprecedented economic system crisis since the Second World War II (2008 will seem like a joke in comparison). It will not be a financial crisis, but economic, systemic and social. 

 Walter Stahel in a recent chat via Zoom, recalled Zen Chinese history of what good luck or bad luck really is. Certainly at the moment this 2020 seems to us as the worst year of our lives. Yet for the first time since the Bretton Woods agreements the overall status quo of our economy is in crisis. The state form is fighting to survive with digital and real flags, national pride here and there. But we are crying for a international response. We unconsciously realize that we have lost contact with our place (it took the coronavirus to know your neighbors) and at the same time we seek global solidarity and an effort “as one humanity”. Let’s find out that we can change habits, and how precious certain values are – the free movement of people. Can we make this tragedy the greatest opportunity to stop a bigger and harder tragedy to grasp?

 The present offers those who are visionary a great chance to radically change an economy, a management of our common home, putting the health of people and the planet at the center. We can rethink our cities, our transport, the way we work, the weight that environmental issues really have on the development agenda, the weight of neoliberal globalisation. We can partially dematerialize our economy and start right in the most damaged sectors to relaunch them future-proof, resilient, near zero emission. It’s the most interesting work we can do in the coming months and I already see brilliant minds in action, organizing, where the webcall is no longer a trivial social moment but a social construcens situation. To relaunch you won’t need a trivial Marshall plan or the IMF that will reaffirm the usual tears and blood recipes, but will need systemic designers, circular economists, resilience experts, social enterprises, new cooperative forms, enlightened capitalist CEO, financiers who can create wealth by subverting classic models (I wouldn’t have said it but today they are there too). This is the pool of people that needs to be created. A network, doesn’t matter italian or mexican, but a great global network. All to be designed.

Do we want to go back to how it was before (with thousands of deaths from pollution, elderly people left alone, selfishness, nature on the verge of collapse) or create a truly better world? It would be a noble way to remember and honor all the people we’ve lost and will lose in the months to come. This enormous sacrifice we have to make, at least, won’t be in vain.

 

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